taciturno
No es necesario tener esperanza para luchar ni victorias para perseverar
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El coraje.

5 de agosto de 2010, por Raphaël Enthoven

Dejemos a los cobardes justificarse; el coraje se impone por si mismo, sin calculo. Es un acto realizado, una sabiduría irreflexiva.

Al principio es el coraje. Contrariamente a la cobardía que tiene siempre excelentes razones, el coraje es sin precedentes, la decisión radical de no vivir de rodillas es una sabiduría imprudente: nada explica ni permite prever el gesto sobrenatural de superar su miedo, de comer remolachas, saltar en paracaídas, de golpear a Goliat, ocultar Judíos, en una palabra, de enfrentarse cuando todo lleva a mirar para otro lado.

Ser valiente, es actuar como tal, oponer a la tentación (culpable y tan comprensible) de curvarse, el Fíat inaugural de una voluntad sin causa. Ya que el coraje no tiene causa, origen, solo ocasiones.

Y no hay coraje propiamente dicho, sino solamente actos valientes que nada justifica, cuya naturaleza común sólo aparece retrospectivamente. El valor es una gracia inexplicable y súbita, el renacimiento de uno mismo y del mundo donde la denegación se esfuma ante la iniciativa: “victoria sobre la lentitud y el terror, rectificada caída, géotropismo transformado en aérea levitación, fuga transformada en asalto, el coraje es protesta en contra del movimiento de inercia natural, por el gesto absurdo y peligroso del sacrificio. », escribía a Jankélévitch. El miedo es el presentimiento de lo real, el valor es su aceptación espontánea.

A este respecto, como lo ignoran los que lo reducen al orgullo, el valor no es soluble en el cálculo. La protección de Troya no basta para justificar el sacrificio de Hector.

Aunque la esperanza de curarse aumenta el valor de soportar una quimioterapia, aunque el brillo del día que se vislumbra bajo la puerta da al enfermo la fuerza de esperar que vengan por fin a ayudarlo, aunque, como dijo Gary, “ la vida pide estímulos†, en materia de valor, la intención es secundaria.

Sócrates no tiene que demostrar la inmortalidad del alma (lo que por otra parte no logra) para tomarse la cicuta sin quejarse: el sentimiento de correr el “ buen riesgo†basta a su determinación. “ Somos tan presuntuosos, destaca Pascal, que querríamos ser conocidos de toda la tierra e incluso por gente que vendrá cuando no estemos ya †¿ y entonces? los procesos de intención tienen pálida figura ante la eficacia del valor. ¿Qué Importan los laureles? no es porque Aquiles espere la gloria que es valiente, sino que es porque es valiente que una gloria eterna está a su alcance.

La posible representación heroica que el valiente puede tener de sí mismo no es ni suficiente, ni incluso necesaria para el coraje. Reducirla a la buena conciencia o a la vanidad, es tomar los hechos por la causa. Para Cynthia Fleury, “ el valor es sin victoria si no sobre sí mismo†.

Si le courage admet la peur comme la joie reconnait l’amertume, c’est qu’avant d’être amour-propre, le courage est amour de soi. Preuve en est que, même si le courage est de choisir (c’est-à-dire de renoncer), le courage n’est jamais triste.

Si el coraje admite el miedo como la alegría reconoce la amargura, es que antes de ser amor propio, el coraje es amor de si. Prueba es que, aunque el coraje es elegir (es decir, de renunciar), el coraje no es jamas triste.

Al igual que no se hace jamás bastante el bien, pero si demasiado el mal, “ ser valiente†no es serlo de una vez por todas. Jankélévitch continua: « el coraje es la paciente continuación del principio; la valiente fidelidad prologa el momento inchoatif [que indica la progresión de una acción, Nota] más allá del principio propiamente dicho. » Ya que el principio no es más que un comienzo, y lo que está en juego en el coraje es ser fiel constantemente a su carácter inaugural. Tener valor es una cosa, no perderlo es otra. El coraje no es una esencia sino un rasgo, es decir, una esencia constantemente en peligro.

El coraje es una dieta, una audaz negación de la desesperación que mantiene el deseo, obstruye sin descanso la tentación de no pensar más que en sí mismo. Hay el coraje de lanzarse al agua y el de nadar a contracorriente, el valor de resistir al enemigo y el de asumir el ejercicio del poder después de la victoria, el valor de poner fin a sus días y el valor de seguir viviendo cuando todo nos disuade. No hay más coraje, en verdad, que el coraje de vivir a pesar de la inmensa presencia de la existencia y de todos los motivos de terminar con ella. Tener coraje, es aprender a morir.

Artículo publicado en PHILOSOPHIE MAG N°41