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Ideología y Conciencia de Clase

20 de noviembre de 2007, por Paul Mattick

Incluido en «Marxismo, ¿el último refugio de la burguesía?», 1983, (póstumo).

En retrospectiva todas las causas perdidas aparecen como esfuerzos irracionales, mientras que aquellas que tuvieron éxito parecen racionales y justificables. Las metas de la minoría revolucionaria derrotada han sido descritas invariablemente como utópicas y de este modo como indefendibles. El término "utópico" no se aplica, sin embargo, a proyectos objetivamente realizables, sino a sistemas imaginarios, que pueden o no haber proporcionado concretamente apuntalamientos materiales que permitieran su realización. No había nada utópico en el intento de ganar el control de la sociedad por medio de los consejos obreros y acabar con la economía de mercado, pues en el sistema capitalista desarrollado el proletariado industrial es el factor determinante en el proceso de la reproducción social como un todo, que no está necesariamente asociada al trabajo en cuanto trabajo asalariado. Sea una sociedad capitalista o socialista, en cualquier caso es la clase obrera la que le permite existir, la producción puede llevarse a cabo sin considerar su expansión en términos de valor y los requisitos de la acumulación de capital. La distribución y la asignación del trabajo social no dependen de las relaciones de intercambio indirectas del mercado, sino que pueden ser organizados conscientemente a través de nuevas instituciones sociales apropiadas bajo el control abierto y directo de los productores. El capitalismo occidental en 1918 no era el sistema de producción social necesario, sino únicamente el existente, cuyo derrocamiento solamente lo habría librado de sus estorbos capitalistas.

Lo que faltó no fue la posibilidad objetiva del cambio social, sino una disposición subjetiva por parte de la mayoría de la clase obrera para aprovechar la oportunidad de derrocar a la clase dominante y tomar posesión de los medios de producción. El movimiento obrero había cambiado con el capitalismo cambiante, pero en una dirección contraria a las expectativas marxianas. A pesar de la ideología pseudo-marxista, tendió hacia la posición apolítica que caracteriza los movimientos obreros en los países anglosajones y hacia su aceptación positiva del sistema capitalista. El movimiento se había vuelto políticamente "neutral", por así decirlo, dejando las decisiones políticas a los partidos políticos acreditados de la democracia burguesa, de los cuales el Partido Social Demócrata era uno entre otros. Los obreros apoyaron al partido que prometía, o aparentemente se proponía, encargarse de sus necesidades inmediatas particulares, que ahora comprendían todas sus necesidades. No objetarían la nacionalización de las industrias, si esta era la meta de su partido preferido, pero tampoco objetaron renegar de este principio en favor del sistema de la propiedad privada. Simplemente dejaron tales decisiones a sus dirigentes elegidos y más o menos de confianza, de la misma manera en que esperaban las órdenes de los gerentes o empresarios en las fábricas. Continuaron negándose a cualquier clase de autodeterminación, dejando las cosas simplemente como habían sido, lo que parecía preferible al tumulto y a las incertidumbres de una lucha prolongada contra las autoridades tradicionales. De este modo, no es posible decir que la Socialdemocracia "traicionara" a la clase obrera; lo que sus dirigentes "traicionaron" era su propio pasado, ahora que se habían convertido en una parte apreciada del establishment capitalista.

El fracaso de la Revolución alemana parece vindicar la aserción bolchevique de que, dejada a sí misma, la clase obrera no es capaz de hacer una revolución socialista y, por consiguiente, requiere de la dirección de un partido revolucionario listo para asumir poderes dictatoriales. Pero la clase obrera alemana no intentó hacer una revolución socialista y por lo tanto la ausencia de este intento no puede demostrar la validez de la proposición bolchevique. Es más, había una "vanguardia" revolucionaria que intentó cambiar el carácter puramente político de la revolución. Aunque esta minoría revolucionaria no se adscribió al concepto bolchevique del partido, no estaba menos preparada para asumir la dirección, pero como una parte de la clase obrera, no como su dominadora. Bajo las condiciones europeas occidentales, una revolución socialista dependía claramente de las acciones de la clase y no de las acciones de partido, pues aquí es la clase obrera como conjunto la que tiene que tomar el poder político y los medios de producción. Es cierto, por supuesto –pero cierto para todas las clases, tanto para la burguesía como para el proletariado–, que siempre es sólo una parte del conjunto la que efectivamente se compromete en los asuntos sociales, mientras que la otra parte permanece inactiva. Pero en cualquier caso, es la parte activa la que es decisiva en lo que respecta al resultado de la guerra de clases. No es, de este modo, una cuestión de que el conjunto de la clase obrera literalmente tome parte en el proceso revolucionario, sino de una masa suficiente para igualar a las fuerzas movilizadas por la burguesía. Esta masa relativa no se agregó lo suficientemente rápido como para compensar el poder creciente de la contrarrevolución.

Toda la estrategia contrarrevolucionaria consistía en prevenir un posible aumento de la minoría revolucionaria. La gran prisa por la Asamblea Nacional, como la meta política de la Socialdemocracia, estaba al mismo tiempo dictada por el miedo a que una existencia prolongada de los consejos obreros pudiera llevar a su radicalización en la dirección de la minoría revolucionaria. Con la desmovilización del ejército, la diversidad política de los consejos de soldados desaparecería, y la composición de los consejos, basada ahora exclusivamente en las fábricas, podría asumir un carácter más coherentemente revolucionario. Que este miedo era infundado salió a la luz en los resultados de la elección a la Asamblea Nacional, que dio a los socialistas mayoritarios el 37,9% del total de los votos, mientras que los socialistas independientes, más radicales, recibieron sólo el 7,6%. La Socialdemocracia tenía todavía la confianza de la masa de la clase obrera, a pesar, o quizás debido a su programa antirrevolucionario. A pesar de esto, persistía el miedo de que la victoria de la democracia burguesa podría no ser el último acto de la revolución. Con la Rusia revolucionaria como antecedente, un nuevo alzamiento revolucionario continuaba siendo una posibilidad –una situación que requería la destrucción sistemática de las fuerzas revolucionarias que se negaban a aceptar la reconsolidación del régimen capitalista–.

Aunque exigía el fin de la guerra, no todo el ejército se unió a la revolución. No obstante, para facilitar la retirada ordenada de las líneas del frente y evitar una guerra civil a gran escala, el Alto Mando Militar aceptó tanto los consejos de soldados como el gobierno socialdemócrata provisional. En estrecha cooperación con el Alto Mando Militar, el gobierno recientemente establecido comenzó a seleccionar y organizar en formaciones voluntarias (Freikorps) a los elementos más fidedignos del ejército en disolución para desafiar, desarmar y destruir a la minoría revolucionaria. Bajo el mando del militarista socialdemócrata Gustav Noske, estas fuerzas militares triunfaron poco a poco en la eliminación de los revolucionarios armados dondequiera que intentaran impulsar la revolución más allá de los confines de la democracia burguesa. El recurso al terror blanco perturbó la complacencia de las masas socialdemócratas un poco más que la agitación revolucionaria de los comunistas. Sin embargo, esta pérdida de confianza en la dirección socialdemócrata no benefició a los comunistas, sino que meramente incrementó las filas de los divididos socialistas independientes en la oposición. Entre las elecciones a la Asamblea Nacional de Enero de 1919 y la elección al Reichstag en Junio de 1920, los votos a los socialistas mayoritarios declinaron del 37,9 al 21,6 por ciento, mientras que los de los socialistas independientes aumentaron del 7,6 al 18 por ciento.

Así como el Partido Social Demócrata utilizó el movimiento de los consejos para sostener su propia influencia política, tampoco objetó la nacionalización de la industria a gran escala propuesta por el Segundo Congreso de los Consejos Obreros. Esta sería tomada a su cargo por la Asamblea Nacional que, por supuesto, no ofrecía ninguna garantía que la demanda se tomaría también en consideración. Pero este compromiso aparente de la efectivación de un programa de nacionalización –como un sinónimo de socialización– permitió al Gobierno Provisional camuflar su curso contrarrevolucionario con la promesa de llevar adelante el proceso de socialización mediante medios pacíficos, legales, en contraste con los empeños comunistas de alcanzarlo por la vía de la guerra civil. Mientras el terror blanco dominaba, esto se debía solamente a que "el socialismo estaba en marcha" y no encontraba otro obstáculo en su camino que el "anarquismo bolchevique". Dondequiera que esta promesa se tomaba en serio, como por ejemplo por parte de los consejos de obreros y soldados en el distrito del Ruhr, que dieron su primer paso hacia la socialización asumiendo el control de las industrias y las minas con la expectativa de que el gobierno completaría y ratificaría sus acciones, se puso fin rápidamente a su iniciativa independiente por medios militares. En cualquier caso, el concepto socialdemócrata de la nacionalización no incluía la autodeterminación proletaria sino que, meramente, y en el mejor de los casos, la apropiación de las industrias por parte del Estado. Sólo era en este sentido –es decir, en el sentido bolchevique– en el que la nacionalización era discutible, y pronto iba a ser desechada como objeto de discusión, junto con el comité parlamentario sobre la socialización debidamente instituido.

La propia Revolución de Noviembre fue, de este modo, su único y solo resultado. Aparte del derrocamiento de la monarquía, algunos cambios en los procedimientos electorales, la jornada de ocho horas y la transformación de los consejos de fábrica en comités de delegados apolíticos bajo los auspicios sindicales, la economía capitalista liberal permanecía intacta y el Estado seguía siendo un Estado burgués. Todo lo que la revolución había logrado eran algunas mezquinas reformas que en cualquier caso podrían haberse alcanzado dentro del marco del desarrollo "normal" del capitalismo. En las mentes de los reformistas socialdemócratas, el cambio social había sido siempre un proceso puramente evolutivo de pequeñas mejoras progresivas que finalmente desembocarían en un sistema social cuantitativamente diferente. Se vieron a sí mismos, en 1914 y de nuevo en 1918, no como "contrarrevolucionarios" o como "traidores" de la clase obrera sino, por el contrario, como sus verdaderos representantes, que se preocupaban tanto de las necesidades más inmediatas de los obreros como de su emancipación social final. Esto no es nada de lo que sorprenderse, pues, con más frecuencia de lo que parece, incluso los capitalistas se ven a sí mismos como los benefactores de la clase obrera. Con mucha más justificación, la dirección socialdemócrata podría imaginarse que sus intervenciones en el proceso revolucionario serían al final más beneficiosas para la clase obrera que un vuelco radical de todas las condiciones existentes, con el acompañamiento de la interrupción de las funciones sociales y productivas rutinariamente necesarias. El gradualismo parecía la única garantía de que la transformación social podría proceder con el menor coste en miseria humana y, por supuesto, el menor riesgo para la dirección socialdemócrata. Es más, la revolución política garantizaba, al menos en teoría, acelerar el proceso de la reforma social puenteando el antagonismo entre trabajo y capital a través de un Estado y un gobierno más democráticos.

En este visión, el conflicto de clase podría ser continuamente suavizado a través de concesiones gubernamentales inducidas, hechas a la clase obrera a costas de la burguesía. Podría haber una extensión de la democracia política en la esfera económica y "codeterminación" de la producción social y el proceso de distribución. No había necesidad de una dictadura de clase, fuese de la burguesía o del proletariado. Podría haber una continuación de la colaboración de clases practicada durante la guerra, ahora para servir a los fines pacíficos, beneficiando al conjunto de la sociedad. Se imaginó una situación, tal como vendría a suceder algunas décadas más tarde con el "Estado del bienestar" y la "economía social de mercado", en la que todos los conflictos podrían arbitrarse en lugar de ser disputados, y podría establecerse una armonía social que sería ventajosa para todos. La confianza de preguerra en la viabilidad económica del sistema capitalista todavía estaba viva: los retrocesos de la guerra podrían superarse a través de una producción creciente, librada de los estorbos de experimentos sociales que llevarían mucho tiempo y provocarían perturbaciones. Un capitalismo en bancarrota no se consideraba una base apropiada para el socialismo; como antes, el último sería un problema del futuro, cuando la economía estuviese una vez más en plena prosperidad. Si algunos obreros no lo veían de este modo, no debía permitirse que su necedad privase al resto de la sociedad de la posibilidad de emerger de la carnicería dejada por la guerra y satisfacer sus necesidades más inmediatas por lo que se refiere al pan y la mantequilla.

Los reformistas no tenían principios algunos que "traicionar". Seguían siendo lo que habían sido todo el tiempo, pero ahora estaban obligados primero que nada a salvaguardar el sistema en el que su querida práctica podría continuar. La revolución tenía que ser reducida a una mera reforma, tanto para satisfacer sus convicciones más profundas como, incidentalmente, para asegurar su existencia política. La única cosa de la que sorprenderse era el gran número de obreros socialistas para los cuales, al menos ideológicamente, se suponía que las reformas sólo eran una etapa intermedia en la marcha a la revolución social. Ahora que la oportunidad de realizar su "misión histórica" estaba dada, fallaron en aprovecharla, prefiriendo en su lugar el "camino fácil" de la reforma social y la liquidación de la revolución. De nuevo, esto no es una verificación de la proposición de Kautsky y Lenin de que la clase obrera es incapaz de la elevación de su conciencia de clase más allá del mero sindicalismo, pues la clase obrera alemana era una clase obrera altamente educada de modo socialista, totalmente capaz de concebir una revolución social para el derrocamiento del capitalismo. Es más, no era la "conciencia revolucionaria" lo que los intelectuales de la clase media habían llevado a la clase obrera, sino sólo su propio reformismo y oportunismo, que minaron cualquier conciencia revolucionaria que se desarrollara dentro de la clase obrera. El revisionismo marxista no se originó en la clase obrera sino en su dirección, para la cual el sindicalismo y el parlamentarismo eran los medios suficientes para un desarrollo social progresivo. Ellos meramente convirtieron la práctica históricamente restringida del movimiento obrero en una teoría del socialismo y, monopolizando su ideología, fueron capaces de influenciar a los obreros en la misma dirección.

Aun así, los obreros sólo probaron estar demasiado deseosos de compartir las convicciones reformistas de los dirigentes. Para Lenin, esta era prueba suficiente de su incapacidad congénita para desarrollar una conciencia revolucionaria, que de este modo los condenaba a seguir la guía reformista. La solución era, de este modo, el reemplazo de los dirigentes reformistas por dirigentes revolucionarios, que no "traicionarían" las potencialidades revolucionarias de la clase trabajadora. Era una cuestión de la "dirección correcta", una lucha entre los intelectuales por las mentes de los obreros, una competencia de ideologías por la fidelidad del proletariado. Y así era el carácter del partido que se juzgaba el elemento decisivo en el proceso revolucionario, aunque este partido tendría que ganar la confianza de las masas a través de su reconocimiento intuitivo de que representaba sus propios intereses, que las masas mismas no eran capaces de expresar en la acción política efectiva.

Simultáneamente, la diferenciación entre clase y partido se vio como su identidad, porque el último compensaría la falta de conocimiento político por parte del proletariado menos educado. Contrariamente a la teoría marxiana de que son las condiciones materiales y las relaciones sociales las que cuentan para el ascenso de una conciencia revolucionaria dentro del proletariado, en la visión socialdemócrata (reformista o revolucionaria) estas mismas condiciones les impiden a los obreros reconocer sus verdaderos intereses de clase y encontrar los caminos y los medios para realizarlos. Sin duda, son capaces de rebelarse, pero no para tornar su ira en acciones revolucionarias exitosas y en un cambio social significativo. Para esto necesitan la ayuda de los intelectuales de la clase media, que hacen suya la causa de los obreros, aunque, o porque, ellos no comparten aquellas privaciones de la clase obrera que, en la visión marxiana, tornarían revolucionarios a los obreros. Esta noción elitista implica, por supuesto, que aunque las ideas encuentran su fuente en las condiciones sociales materiales, son no obstante el elemento irreemplazable y dominante en el proceso de cambio social. Pero, en tanto ideas, son el privilegio de ese grupo de la sociedad que, con la división del trabajo dada, atiende a sus requerimientos ideológicos.

Pero, ¿qué es la conciencia de la clase? En tanto se refiere meramente a la posición de uno en la sociedad, es inmediatamente reconocible: el burgués sabe que pertenece a la clase dominante; el obrero, que su lugar está entre los dominados; y los grupos sociales en medio no se cuentan ellos mismos en ninguna de estas clases básicas. No hay ningún problema en tanto las diferentes clases adhieran a la misma ideología, a saber, la idea de que estas relaciones de clase son relaciones naturales que siempre prevalecerán como una característica básica de la condición humana. En realidad, por supuesto, los intereses materiales de las distintas clases divergen y conducen a fricciones sociales que chocan con la ideología común. La última es crecientemente reconocida como la ideología de la clase dominante en sustento de las disposiciones sociales existentes y será rechazada como una declaración del destino ineludible de la sociedad humana. La ideología dominante está de este modo ligada a sucumbir a la extensión de la conciencia de clase en la esfera ideológica. Las diferencias de intereses materiales se convierten en diferencias ideológicas y luego en teorías políticas basadas en las contradicciones sociales concretas. Las teorías políticas pueden ser bastante rudimentarias, debido a las complejidades de los problemas sociales involucrados, pero constituyen no obstante un cambio de la mera conciencia de clase a una comprensión de que las disposiciones sociales podrían ser diferentes de lo que son. Estamos entonces en el camino de la mera conciencia de clase a una conciencia de clase revolucionaria, que reconoce a la ideología dominante como un timo y se ocupa de las vías y los medios para alterar las condiciones existentes. Si no fuera así, no habría surgido ningún movimiento obrero y el desarrollo social no estaría caracterizado por las luchas de clases.

Sin embargo, así como la presencia de la ideología dominante no es suficiente para mantener las relaciones sociales existentes, sino que debe a su vez ser apoyada por las fuerzas materiales del aparato estatal, una contra-ideología seguirá siendo simplemente esto a menos que pueda producir fuerzas materiales más fuertes que aquellas reflejadas por la ideología dominante. Si éste no es el caso, la calidad de la contra-ideología, sea meramente intuitiva o basada en consideraciones científicas, no importa y ni el intelectual ni el obrero pueden efectuar un cambio en las relaciones sociales existentes. A los revolucionarios se les puede o no permitir expresar sus visiones, dependiendo de la mentalidad que domine a la clase dominante, pero bajo ningunas condiciones podrán desalojar a la clase dominante por medios ideológicos. A este respecto, la clase dominante tiene toda la ventaja, dado que con los medios de producción y las fuerzas del Estado controla los instrumentos de la perpetuación y diseminación de su propia ideología. Como este estado persiste hasta el derrocamiento efectivo de un sistema social dado, las revoluciones deben tener lugar con insuficiente preparación ideológica. En resumen, la contra-ideología puede triunfar sólo a través de una revolución que disponga los medios de producción y el poder político en manos de los revolucionarios. Hasta entonces, la conciencia de clase revolucionaria será siempre menos efectiva que la ideología dominante.

Traducido y digitalizado a Word por el
Círculo Internacional de Comunistas Antibolcheviques