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Derrida y la nueva función de los intelectuales

22 de junio de 2008, por Germán Uribe

Vuelvo a Derrida, amigo lector. Es un retorno, una reiteración y una recurrencia obligada por estos tiempos. Ya me lo había dicho con insistencia, e incluso modestamente lo había pregonado: a este filósofo francés había que seguirle la pista. Considerado ahora como quizás el más grande pensador vivo de Francia, Jacques Derrida, compañero de ruta de otros pensadores de semejante dimensión, todos ellos ya fallecidos en circunstancias dramáticas como Deleuze, Althusser, Foucault y Barthes, publicó en 1993 Spectres de Marx, un libro que puso a pensar por igual a comunistas y capitalistas de ambos lados del muro de Berlín. Durante un debate público organizado por el Colegio Internacional de Filosofía en Chile, en 1995, Derrida defiende sus Spectres de Marx llamándolo un libro afirmativo que saluda a Marx luego del regocijo capitalista por la muerte del comunismo. Afirma él:

... debemos decir lo que se cree que no debe decirse. Hoy el discurso dominante en el mundo entero nos dice que el marxismo ha muerto y que el comunismo quedó enterrado. Precisamente porque nunca fui un militante marxista, en un periodo en el que era muy tentador serlo, y porque me resistí a su ortodoxia, hoy creo urgente oponer una voz discordante frente al actual consenso sobre el capitalismo de libre mercado y la democracia parlamentaria... que canta victoria demasiado fuerte. Y agrega que este canto ruidoso, que esta bulla estridente de los triunfalistas del capitalismo, lo único que hace es acallar la angustia y la zozobra que le causa el saber que las cosas no van tan bien dentro de este supuesto triunfo.

Más adelante, Derrida, a mi modo de ver, repite en su peculiar lenguaje las tesis de Sartre sobre los intelectuales, expuestas por éste durante una serie de conferencias en el Japón y publicadas más tarde por Gallimard en 1972 bajo el título de Plaidoyer pour les intellectuels. Insiste Derrida que cualquier trabajo, hoy en día, es necesariamente intelectual, que guarda un gran respeto por los intelectuales franceses desde Voltaire hasta Sartre, quienes no hicieron otra cosa que tomar la palabra para pronunciarse sobre asuntos morales, sociales y políticos, y remata su intervención ocasional en Chile con estas palabras:

Creo en la necesidad de la competencia especializada para el intelectual responsable quien debe hacer todo lo posible para justificar sus posiciones y llamados a través de un conocimiento específico. La contradicción que habita la responsabilidad del intelectual surge de la necesidad de que sea alguien con una formación especializada y a la vez alguien cuyo discurso excede la especialización. Si un intelectual habla sólo como experto, no puede hacer otra cosa que desplegar en el orden del saber propuestas técnicas que no implican decisiones ni tomas de posición. Un experto puede explicar las condiciones en las que actuamos, pero no decir cómo actuar. La responsabilidad no pertenece al orden del saber competente. Depende de la heterogeneidad existente entre el conocimiento y la acción, entre el juicio teórico que analiza y la norma política y ética que funda las tomas de decisiones y de posición...

Jacques Derrida, no sobra repetirlo, nació en El-Biar, Argelia en 1930. Se preocupa, y desde luego, se ocupa de la escritura y el lenguaje y de la palabra originaria que contiene en germen la escritura. Ha escrito diversas obras, entre ellas, La escritura y la diferencia [1967], La arqueología de lo frívolo [[1976], La verdad en pintura [1978] y La postal; de Sócrates a Freud y posteriores [1980].

Ciertamente a este Derrida no hay que perderlo de vista y, menos aún, cuando nos aprestamos a dar un salto un tanto ciego y confuso hacia las profundidades sociopolíticas de un nuevo milenio.