taciturno
No es necesario tener esperanza para luchar ni victorias para perseverar
Portada del sitio > Sociedad > Miguel Benasayag > Sin poder ni modelo

Sin poder ni modelo

8 de noviembre de 2007, por Miguel Benasayag

Transversales Science Culture: En vuestro libro Du contre-pouvoir se habla de la nueva radicalidad que traen los movimientos cívicos y sociales. ¿En qué consistiría ésta?
Miguel Benasayag: Diego Sztulwark y yo vemos en la entrada en escena del movimiento zapatista en Chiapas (México) el punto de partida de la emergencia de una nueva radicalidad. Los zapatistas renuevan con su discurso y sus prácticas alternativas: no se contentan con denunciar los excesos del sistema sino que afirman que la sociedad del dinero y el beneficio puede y debe ser superada. En los años siguientes, los movimientos que se desarrollan en Francia y en Europa por parte de los sin papeles, los sin techo, los parados..., participan, más allá de las reivindicaciones inmediatas, de la misma voluntad de construir una alternativa a la mercantilización del mundo.
Por todas partes, en el mundo entero, emergen experiencias de lucha que buscan vías para una nueva emancipación. Esta contraofensiva está en ruptura respecto a los métodos de los grupos políticos tradicionales: saca del centro de atención, sin negarla, la cuestión del poder y rechaza la idea de un modelo anticipador definido a priori... Los viejos hábitos de la militancia "anti" son abandonados en provecho de la búsqueda de modos de vida y de prácticas alternativas: se trata de superar con actos, en la vida de cada día, el individualismo del sistema. Se trata de construir la emancipación aquí y ahora, a través de solidaridades de situación.

TSC: ¿En qué sentido dejan de lado estos nuevos movimientos la cuestión del poder?
MB: Lo que constituía la cuestión central de toda política alternativa, la toma del poder y sus modalidades como punto de tránsito obligado en la transformación de la sociedad, se convierte en relativamente secundario. Ciertamente, y en un momento dado, frente a tal o cual situación, los movimientos contestatarios pueden verse abocados a ocuparse del poder. Pero su conquista no es ya el objetivo perseguido. Esta posición no es "basista", sino que resulta más bien de una hipótesis filosófica y antropológica: el objetivo no precede nunca a la acción; se redefine permanentemente a medida que esta acción evoluciona. En este esquema, ni el poder, ni cualquier otra cosa en su lugar, pueden ser el objetivo a conseguir.

TSC: ¿La ausencia de modelo no constituye también un hándicap?
MB: Con la quiebra del sistema soviético se ha pronosticado el final de los grandes relatos de la historia, de la razón, del sujeto. Este grito de guerra contra toda tentativa de transformación social tiene un núcleo de verdad: el "modelo" que durante años estructuró el pensamiento y la práctica militante se ha vuelto caduco. Las luchas de los años 90 en Chiapas, Brasil, Europa... señalaron el retorno de una nueva subjetividad anticapitalista, pero seguíamos teniendo la impresión de que estas luchas se desarrollaban "a pesar" de la ausencia de modelo. Hoy estamos llegando a una nueva fase, en la que lo que se vivía como carencia se percibe como una baza positiva: si las experiencias alternativas se multiplican por el mundo, no es "a pesar de" sino "gracias a" la ausencia de modelo. ¿Por qué? Todo el mundo nota claramente que la complejidad de lo real no ofrece base para un modelo... mientras que un proyecto, como tal, se acomoda muy bien a esta complejidad. Veamos un ejemplo simple: en Argentina, dos millones y medio de personas están insertas en redes de trueque, pero nadie pretende que esto constituye un modelo alternativo al neoliberalismo. Estamos cómodos en el proyecto, no en el programa o el modelo...

TSC: ¿No están teniendo problemas en Francia los movimientos cívicos y sociales para escapar a la tentación del modelo?
MB: En Francia estamos siempre cerca de la tentación de querer demostrar algo. Cuando se hace cualquier cosa, hay que ser conocido y reconocido. Aquí, lo universal, el sentido, la trascendencia, se buscan en la representación de lo que se hace. En América Latina se sitúan más directamente en el nivel de la acción misma. Este ansia permanente de demostración constituye sin duda un obstáculo para la emergencia real en Francia de una alternativa.

TSC: ¿Esta preocupación por la representación no se explica también por la voluntad de superar el carácter segmentado de las luchas y las iniciativas?
MB: Desde luego, la dispersión actual de combates e iniciativas es un freno. Y los movimientos contestatarios andan escasos de una cierta forma de visibilidad y de legibilidad. Pero no podrán encontrarla nunca en los modelos clásicos de representación y de mediatización. Siempre hay que partir de las situaciones concretas, porque no hay totalidad más que en la parte. La centralidad y la dispersión conducen igualmente a la impotencia. Nosotros les oponemos la categoría de las multiplicidades. La multiplicidad es una forma de inmanencia en la trascendencia, mientras que la dispersión se sitúa en la inmanencia sin trascendencia.

TSC: Insistís mucho en las prácticas "situacionales", afirmando que "en cada situación existe la posibilidad de una política subversiva que cuestione las relaciones de poder hegemónicas de la época". ¿Os aproxima esta visión a los situacionistas?
MB: No realmente. Los situacionistas hablan de construir situaciones; nosotros decimos que las situaciones se autoafirman, se autoconstruyen... La totalidad de un sistema se expresa concretamente en determinadas situaciones. Para nosotros, el destino de un movimiento de situaciones dependerá en gran medida de la fuerza que tengan los nuevos militantes para resistir a la virtualización de un contrapoder.

TSC: Evocáis otra ruptura antropológica: la que concierne al lugar del hombre en el universo...
MB: Ya Spinoza estimaba con justeza que no somos un imperio dentro del imperio. Hemos tardado varios siglos en aceptar lo que nos dijo. La rehabilitación de las culturas indígenas en América Latina es para mí un buen indicio: si los indios vuelven a estar de moda es sobre todo porque son portadores de una cultura que valora la armonía entre el ser humano y la naturaleza. Está en vías de ser superada una hipótesis fuerte de nuestra modernidad, según la cual la libertad reside en la dominación del hombre sobre la naturaleza…

TSC: ¿Qué lecciones extraéis de las recientes elecciones francesas?
MB: Estas elecciones son una señal de atención sobre una evidencia: el poder no es el lugar de la potencia, de la fuerza. Siempre habrá un aspecto neurótico en el ejercicio del poder en el sentido tradicional del término. Siempre habrá gente encantada de que la llamen "representante del pueblo". Pero son ellos los que deben adaptarse al retorno de la política a la base: ciertamente, no son los nuevos movimientos sociales quienes deben adaptarse.

TSC: ¿Esa gozosa contestación que describís no se enfrenta a un serio obstáculo, la tristeza que invade nuestras sociedades?
MB: La primera razón de esta tristeza generalizada es que la promesa de un paraíso terrestre que resultaría del progreso histórico no se ha mantenido: el futuro, que, hasta cierto momento, pertenecía al territorio de la esperanza, se ha transformado en espera angustiada frente a un horizonte de amenazas. Así es como la tristeza y la impotencia han invadido nuestras sociedades.
El capitalismo, bajo su forma neoliberal, aparece hoy día como un sistema de tristeza consolidado, de forma que nada parezca posible. El progreso ha sido enviado al desván, pero queda un sucedáneo: el confort.
Además, esto hace que incluso el menos adinerado de entre nosotros siempre tenga mucho que perder: una manera de estar en el mundo, unas maneras de sentir, de pensar y de amar, profundamente estructuradas por el individualismo... Mucha gente ya no siente deseo, sólo tiene ganas... Sólo el deseo, sin embargo, puede recrear el vínculo social.