taciturno
No es necesario tener esperanza para luchar ni victorias para perseverar
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Encuentro a las veintidós.

26 de julio de 2008, por Jorge

La llegada del compañero de la dirección local, nos traía nuevamente la esperanza. Hacía dos días que nos encontrábamos acuartelados en esa pequeña casa de madera. El ánimo con que enfrentábamos el golpe de estado, de alguna manera, se había ido deteriorando. La despensa de la dueña de casa, una vieja pensionada comunista, la habíamos agotado totalmente. Los cinco miembros del partido que nos encontrábamos ahí, estábamos por primera vez juntos. Nadie podía constituirse en mando, pues nadie sabia de las capacidades y conocimientos de los otros y no había ni siquiera alguien designado para tal efecto. Lo único que sabíamos de la dirección era que no podía ser habida.

Durante años nos habían estado preparando para el enfrentamiento final con las clases dominantes; mientras los otros habían tomado su decisión y dado el golpe de estado, nosotros estábamos ahí, sin armas, sin organización y, menos, sin dirección. Así que la llegada del compañero era la esperanza cierta de revertir la situación.

- Compañeros, vengo a informarles de que por fin se logró constituir la dirección- nos dijo una vez que nos hubo reunido a todos. Fue como que un aire fresco hubiera inundado el ambiente.

- Es bastante probable que dentro de pocas horas tengamos un informe global de la situación, entregada por la Dirección Nacional- prosiguió, como sabiendo que hacia crecer nuestras expectativas y nos hacia olvidar lo que habían sido esos dos últimos días. " Los milicos están arriba del cerro , dicen que van a allanar esta noche o a la madrugada " eran los rumores e informaciones que nos habíamos acostumbrado a oír durante esos dos días y nosotros, apretando los dientes, seguíamos esperando la respuesta de los nuestros. Y aquí estaba la respuesta.

- Todos los militantes del local deben presentarse esta noche, a las veintidós horas, en el campamento Lenin. Ahí serán informados de la situación que se tiene y se entregarán las tareas que correspondan - dijo con determinación.

La información era clara y precisa, al menos así me lo pareció durante mucho tiempo. De inmediato quedaban fuera de esta orden casi todos los que estaban acuartelados. Los otros tenían que reconectarse con sus direcciones normales, donde se les entregarían sus misiones. En esos momentos, no me pareció extraño que gran parte de la gente acuartelada no participara en las probables misiones que se nos entregarían en la noche. Gran parte de ellos eran estudiantes universitarios y era más lógico que combatieran con sus mandos naturales. Así que estos últimos procedían a abandonar la casa de inmediato. En los hechos, quedábamos el compañero Daniel, que había pasado las casas y yo.

Daniel era, oficialmente, hasta antes del golpe de estado un compañero "quebrado". Nunca me había quedado muy claro si él había renunciado al partido o el partido no lo quería retomar. El había sido hasta hacía muy poco dirigente sindical obrero y había logrado construir, junto a otro militante del partido, una fuerte base partidaria en una industria que, anteriormente, se había caracterizado por la falta de participación en las cuestiones sindicales. Ellos habían logrado, en un par de años, que cerca del ochenta por ciento de los trabajadores participara en las reuniones del sindicato. Pero se había metido en deudas y no pudiendo devolver dineros al sindicato se debió retirar de la empresa y del sindicato. Pero, cuando yo llegué en la misma mañana del golpe de estado a preguntarle si podía guardar a alguna gente que quería resistir, él pasó su casa, la de su mamá y la de tres vecinos más.

- Pero, compañero, usted sabe que hay toque de queda a las seis de la tarde ? - preguntó Daniel a nuestro jefe.

- La orden que hay es que todos los militantes deben asistir. El que no va queda fuera del partido. La resistencia se construirá con los que sobrevivan y con los que estén dispuestos a asumir los riesgos- respondió con rapidez. La respuesta era definitiva y no dejaba lugar a la discusión.

- Después de haber abandonado la casa nuestro jefe, procedieron a irse el resto de los compañeros que estaban acuartelados y que no pertenecían a nuestra estructura local. La pequeña casa de madera se veía ahora casi vacía, aunque seguíamos ahí unas siete personas, donde el único ajeno era yo.

Mientras esperábamos que pasara el tiempo, nos dedicamos a ver la televisión. Ni Daniel ni yo habló en torno al contacto nocturno que nos tocaba realizar. Creo que cada uno estaba metido en resolver sus propias contradicciones ante la decisión. El asunto era que se nos había entregado una orden, sin espacio para que la pudiéramos discutir en forma colectiva. Por lo tanto, asistir o no al contacto era una cuestión que dependía de cada uno.

A medida que avanzaba la tarde yo iba reafirmando mi decisión de asistir al contacto. Mis cálculos eran de que a pesar de que la dictadura, en esos dos días, había logrado controlar todo el aparato del estado, aún no lo lograba totalmente con Santiago. Prueba de lo anterior era el hecho de que las industrias que estaban tomadas por los obreros en la zona, no todas habían sido controladas por los militares. También apoyaba mi decisión el hecho de que a pesar de los múltiples rumores de allanamiento, las patrullas militares no habían entrado a la población donde estábamos, limitándose a vigilar desde los cerros aledaños.

De pronto ya eran las nueve de la noche y debía partir si no quería llegar tarde al contacto. De la casa al lugar del encuentro me separaban unos tres kilómetros, que se alargaban con las vueltas que tenía que dar para evitar los puntos de mayor riesgo. Así que tomo mi chaqueta y le digo a Daniel que me preparo a partir.

- Oye Chico, por qué no lo conversamos? - me dice él, un poco nervioso.

- Yo creo que los compadres la cagaron. Si nos pillan a estas horas los milicos, nos fusilan. Además, ni siquiera tenemos armas para defendernos. - agregó, fundamentando sus dudas.

Sus argumentos me parecían razonables, pero a mí, en esos momentos, me interesaba más salir de esa situación de inactividad y, asistir al contacto era el primer paso para pasar a la acción.

- Pero, compadre, es una orden, van a estar todos allá y es súper importante que estemos nosotros.- Le respondí, tratando de dejar claro de que no iba a retroceder en mi decisión.

- Mira, si quieres tú vas, pero yo creo que no vale la pena - me dijo, ya sin ánimo de convencerme.

Luego de despedirme, sin mayores ceremonias, de toda la gente de la casa, salí acompañado por Daniel, que me dejó en la esquina de su casa. Tenía que caminar unas cinco cuadras para atravesar la población donde estaba y llegar a un cerro. Después me iría bordeando el cerro, durante un kilómetro y medio aproximadamente, para después atravesar nuevamente otra población popular y así llegar al campamento.

Lo primero que me llamó la atención fue que no encontré perros en las calles. Es normal que a esa hora los perros sueltos no te dejen caminar por ciertas calles. La gente de las poblaciones habían ya entendido el mensaje militar: no habría contemplaciones con nada ni con nadie que desobedeciera las órdenes. Así que todo el mundo había puesto a buen recaudo sus animales.

El cruce de la primera población fue rápido, no había gente en las calles, ni policías ni militares, tampoco se escuchaban ruidos de motores que pudieran alertar la presencia de una ronda. En todo caso, si de pronto se acercaba una patrulla motorizada, tenía planeado meterme en alguna casa y pedir ayuda o protección. Pero nada de eso pasó. Las pocas personas que vi eran los que salían al jardín delantero de la casa a hacer una cosa precisa, pero nadie me miró o hicieron como que no me veían. La noche estaba oscura y tranquila. De vez en vez se escuchaba a lo lejos disparos de fusiles o ráfagas de ametralladoras.

Cuando llegué al camino que orillaba el cerro me sentí más tranquilo. El camino era oscuro y el silencio solo era perturbado por el murmullo quieto del canal que bordeaba el otro costado del camino. Cada treinta o cincuenta metros, me detenía un momento para observar y escuchar. Si no sentía nada raro, seguía caminando otro trecho. Si presentía algo anormal podía esconderme entre los matorrales del cerro o, por último, tirarme al canal, que era lo suficiente profundo y correntoso como para arrastrarme bastante lejos. No era casualidad de que ese canal cobraba la vida de decenas de niños todos los años.

De pronto ya estaba al final de ese camino. Me detengo a observar y veo que en la puerta de la fábrica, donde antes trabajaba Daniel, hay una fogata y varias sombras en torno a ella. Después de un momento de duda, me decidí a seguir avanzando, pues sabía que un grupo de unos cuarenta trabajadores se habían quedado a resistir, además yo conocía a algunos de ellos. El hecho de que estuvieran con una fogata era una señal de que estaba todo tranquilo.

Pasé por el lado de ellos caminando con paso rápido, sin lograr distinguir ninguna cara conocida y tampoco vi que alguien me mirara con atención. Era como si yo no pasara. Rápidamente los dejé atrás, internándome en otra población popular, conocida por el peso que tenía el P. Comunista. También todo era muy tranquilo. Para mí esto me resultaba normal, pues sabía que el P.C. había decidido no resistir el golpe de estado en la espera de saber si los golpistas cerraban el parlamento o no.

El Campamento Lenin, mi destino final, era una toma de terreno de unas cien familias sin casa. Toma que ya tenía más de un año y ya contaba con una división del terreno y con mediaguas. Se encontraba en medio de una gran propiedad abandonada y estaba separada, por unos cien metros de sitio baldío, de una población militar. Estos últimos, habían llegado el mismo día del golpe a allanar la población, habían tomado detenidos a los dirigentes, les hicieron simulacro de fusilamiento y luego los dejaron libres, con la orden de abandonar de inmediato el campamento.

La Toma no tenía alumbrado público, por lo tanto, se veía muy oscura. Lo primero que me llama la atención es que a la entrada de la población habían dos pobladores de guardia, armados con palos, tal como lo hacían durante el gobierno de Allende, como si nada estuviera pasando! Pasé por el lado de ellos y ellos como si no me vieran.

Ya eran las diez y cuarto de la noche y no encuentro a ningún posible asistente de la reunión. Pensando que los otros sólo estaban un poco demorados por las dificultades que habían para llegar, comencé a buscar donde instalarme con tranquilidad, haciéndolo en la mediagua abandonada de un militante del partido. Espero y espero y nadie llega. Me siento profundamente engañado. Recuerdo las palabras de Daniel que me había dicho que no valía la pena venir, pienso en todo el riesgo inútil que corrí por nada... No logro entender tanta incapacidad para enfrentar el golpe de estado, siendo que nuestro partido había, durante los tres años de gobierno de Allende, alertado y prevenido sobre la necesidad de prepararse para combatir... Y ahí estaba yo esperando.

Y pasé toda la noche esperando entre la angustia de no saber que estaba ocurriendo y los milicos de la población aledaña que disparaban, de tanto en tanto, ráfagas de ametralladoras pesadas por sobre las casas miserables de la toma donde me encontraba. Cerca de las cinco de la mañana me tiré en un colchón, quedándome rápidamente dormido.

Desperté ya pasado las diez de la mañana. Cuando salgo al exterior de la casa en busca de un poco de agua para lavarme, veo que bajo unos árboles hay un grupo de unas doce personas reunidas. Distingo entre ellos al encargado local, que me había dado la orden de asistir al contacto de esa noche, y varios dirigentes obreros de las fábricas del sector. Daban la impresión de que estaban esperando de que llegara más gente al grupo.

Después de lavarme un poco me acerco al grupo, saludando a algunos que conocía. De inmediato me dirijo al encargado local para saber que había ocurrido la noche anterior.

- Compañero, yo llegué anoche a las diez, como ustedes habían ordenado, pero no llegó nadie más- le digo en forma tranquila.

- Lo que pasó es que no se le alcanzó a avisar a toda la gente, así que se suspendió- me respondió con más tranquilidad aún.

- Por qué no me avisaron? No tenía para que haber andado arriesgando por nada- agregué impaciente.

- No hubo tiempo- me respondió y dirigiéndose de inmediato al grupo dijo: - Compañeros, creo que ya no llega nadie más, así que vamos a comenzar la reunión-

Ahí quedé yo con mi rabia, mientras lo escuchaba exponer la situación en que nos encontrábamos. Los obreros escuchaban con cara de preocupación y parecían distantes.

- Compañeros, cómo les decía, la lucha abierta contra el golpe de estado ha sido derrotada. El Partido llama a iniciar la resistencia clandestina contra la dictadura. Los obreros que se encuentren aún ocupando las fábricas deben abandonarlas de inmediato. Los compañeros que se encuentren quemados como dirigentes o militantes revolucionarios deben de inmediato pasar a la clandestinidad. De lo que se trata es pasar a un repliegue ordenado del campo popular y revolucionario- Terminaba diciendo el encargado local.

Estas últimas frases nos estremecieron a todos. Los obreros se veían estupefactos, como que no creían lo que escuchaban. Se sintió un largo silencio, hasta que al final un obrero pidió la palabra:

- Compañero, ustedes agitaron la lucha armada contra el golpe de estado y muchos obreros seguimos ese llamado y estamos quemados como simpatizantes de ustedes. Lo que yo quiero saber es que pasó con las armas? - terminó diciendo.

- Compañero, lo que nosotros dijimos era de que había que desarrollar la lucha armada y no de que tuviéramos armas. En los hechos , en este local no hay armas para enfrentar a los milicos.- Respondía el Encargado local, no dejando espacio para continuar la discusión.

Para todos fue evidente de que era demasiado tarde para esa discusión. Nadie más pidió la palabra...Nos comenzamos a disolver en silencio.