taciturno
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Cazando incautos.

26 de julio de 2008, por Jorge

El día había transcurrido sin mayores sobresaltos. Había salido a las dos de la tarde de la casa y , después de realizar varios contactos durante la tarde, volvía cerca de las veintidós horas.

La tensión que genera realizar cada contacto clandestino, junto al calor de verano en diciembre, me hacían desear llegar muy pronto a la casa, donde podría quitarme la ropa, tirarme en la cama y comer un poco.

Me había contra chequeado tomando dos o tres micros y un taxi, para por fin llegar a una zona limpia donde podría tomar mi locomoción hacia nuestra casa de seguridad. Esta estaba ubicada en Vitacura, en el barrio alto de Santiago, y llevábamos dos meses viviendo ahí. Nuestras condiciones de vida y de funcionamiento no nos permitían vivir en un barrio popular que, a tres años del golpe de estado, estaban sometidos permanentemente a vigilancia y allanamientos.

Subo a un radio-taxi, que me llevaría definitivamente a mi casa, relajándome en el asiento trasero. El taxista, un hombre gordo, de unos sesenta años , me pide la dirección. Le doy como dirección el cruce de dos calles que quedaban como a dos cuadras de la casa, informando de inmediato a la central el rumbo que tomaba.

Tanto la dirección que le doy, como mi aspecto personal, vestido de terno y corbata, lo hacen rápidamente entrar en confianza.

Mirándome por el retrovisor me dice en tono alegre:

- No sabe lo que me pasó? hace muy poco rato, antes de que me tomara usted-

- Dígame, no más- le respondo sin interés.

- Fíjese que, en el paradero dieciocho de la gran Avenida, se subieron al taxi tres personas. Eran dos hombres y una mujer y me pidieron que los llevara al centro. Cuando veníamos hacia el centro, estos tipos se han puesto a hablar contra el gobierno. Decían que las cosas estaban caras y que nadie tenía trabajo, que no se podía vivir... que me dice usted?- me pregunta sonriendo.

Yo no le respondí, me limité a sonreír yo también. La verdad es que el taxista había logrado sacarme de mis pensamientos que revoloteaban en torno al descanso y la comida . Ahora me sentía alegre. Había gente que se atrevía a protestar en voz alta contra las condiciones de vida. Era como que si se prendiera una luz. Estábamos tan acostumbrados a vivir sumergidos en nuestra clandestinidad que nadie, que no conociéramos o supiera de nuestra militancia, podía conocer nuestra posición, que este hecho que contaba el chofer me alegraba. Ya me imaginaba a miles hablando abiertamente de sus problemas, que eran los problemas de todos. Ahora mi imaginación volaba alegremente.

Pero el taxista, lejos de imaginar lo que yo pensaba, quería seguir conversando.

-Pero cuando dijeron que este gobierno era una dictadura, ya no aguante más. Porque se puede decir que las cosas están mal, por que en verdad no hay trabajo ni dinero, pero no que estamos en una dictadura. Y fíjese que era la mujer la que más hablaba. Por que los hombres hablaban, pero sus criticas eran muy medidas. Mientras que la mujer les quería sacar a la fuerza de que estábamos en una dictadura.- Termina de decir esto y lanza una carcajada.

De pronto sentí que estaba en medio de un asunto peligroso. No lograba comprender porque reía con su historia, cuando era evidente de que se había tropezado con gente que le resultaba antagónica y que la situación que había vivido con esos pasajeros no le había sido agradable. Algo más tenía que haber ocurrido y eso me ponía nervioso.

- Pero déjeme que le siga contando.- Me dijo el chofer.

- Sabe? que incluso la mujer quiso discutir conmigo porque yo dije que estaba bien. Pero yo casi no quise hablar, pues iba pensando como los denunciaba. Yo quería darle una lección a esos rotos comunistas, para que no se les ocurriera nunca más andar por ahí diciendo de que el gobierno era una dictadura.- Me lo dijo con una extraña mezcla de alegría y odio.

Yo seguía ahora el curso del monólogo palabra a palabra, frase a frase. El tipo me miraba por el retrovisor mientras hablaba, buscando los gestos habituales de asentimiento, que cualquier natural del barrio alto habría hecho ante semejante conversación. Pero a mí no me salían palabras y menos podía esbozar una sonrisa.

- Y mire lo que se me ocurrió. Cuando íbamos pasando frente a la comisaría del Paradero siete de la Gran Avenida, aprovechando de que el portón estaba abierto, me metí con auto y todo adentro, así no podían escaparse. Así que ahí deje a los comunistas, bien recomendados- Y rompió a reír con sonoras carcajadas.- Ahora saben lo que es bueno- acotó.

El pasar de la sorpresa a la indignación, para mi, fue una sola cosa. No lograba articular ninguna palabra ni hacer ningún gesto que me permitiera simular simpatía o, por último, indiferencia hacia tamaña bestialidad. Tenía, por primera vez, frente a mí, a uno de los responsable del soplonaje de la dictadura, que tenían a su haber la muerte o la cárcel para centenares o miles de chilenos

El tipo quizás sorprendido por no recibir de mi la respuesta esperada, me miró atentamente por el retrovisor y agregó - Esta gente no aprende nunca. Si todo lo que se les pide es que se porten ordenados. Tienen que entender que ya se acabó el desorden de la Unidad Popular.-

Mi repetida ausencia de comentarios hizo que el taxista pasara rápidamente a una actitud desconfiada y que ya no me despegara los ojos de encima. Pero a mí eso ya no me preocupaba. Toda mi atención estaba centrada en buscar la forma de hacer justicia. El desgraciado tenía que pagar su fechoría. Tenía que resolver en cinco minutos que hacer con él, el mismo tiempo que él se había tomado para decidir la suerte de esos tres infortunados.

El balazo en la nuca, al momento de bajar del taxi, era la salida mas adecuada. Mejor dicho era la única salida.

El tipo, como adivinando mis pensamientos, se había recostado sobre la puerta del auto, ya no dándome su espalda, sino que su perfil, y había acomodado el retrovisor para mantenerme bajo vigilancia. Ahora en el taxi solo se escuchaba el ronronear del motor.

Yo presionaba con mi antebrazo mi cintura para sentir la pistola y estar mas seguro. La ejecución ya la había repasado mentalmente dos o tres veces. Por muy atento que él estuviera a mis maniobras, yo lo madrugaba de todas maneras. Eso era pan comido. Pero habían dos problemas que no podía resolver. Uno, que la central de los radio taxis sabía hacia donde se dirigía y que, por lo tanto, en ese sector se iban a iniciar todas las investigaciones, poniendo en riesgo la casa. Dos, que yo conocía poco de vehículos, y no sabía como lo iba a hacer, para ir a tirar el auto lejos, en caso de que tuviera cambios automáticos o unos cambios que no conocía.

De pronto ya estábamos llegando a nuestro destino. Yo me incline hacia adelante, buscando una posición que me permitiera moverme mejor.

- Cuanto salió la carrera?-

- Quinientos cuarenta pesos-

Partí caminando en dirección contraria a la casa y el taxi se iba con todas sus luces apagadas.