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El discurso postmoderno: Hacia una lógica retórica.

24 de diciembre de 2008, por Darin McNabb

En este escrito voy a tratar de explicar lo que veo como la lógica del postmodernismo. Será una lógica, por supuesto, lejos de las pretensiones de alguien como Bertrand Russell, pero una sin embargo que responde de manera coherente a la observación popular, e insuficientemente crítica, de que el postmodernismo es un discurso auto-refutatorio que sin querer acepta las mismas premisas que critica.

La concepción popular del pensamiento postmoderno es la de aquel que afirma que todo es relativo, que todo vale, y que no hay criterios absolutos, tales como la Verdad y la Razón, mediante los cuales podemos evaluar y juzgar. Y puesto que de hecho este discurso sí evalúa y juzga, entonces es auto-refutatorio e ilógico y no merece nuestra atención. Pero yo creo que sí la merece. Al descartarlo tan fácilmente estamos rechazando lo que es para mí una continuación del mismo espíritu de la filosofía occidental que nació en las palabras enigmáticas de Sócrates.

Pero primero, ¿qué quiero decir al referirme al ’postmodernismo’? Esta es una pregunta notoria que parece tener tantas respuestas como proponentes, y es otra razón por la que muchos lo rechazan como una noción vacía. En sentido estricto diría que el postmodernismo no puede tener ninguna definición precisa. De hecho, el debate sobre qué es el postmodernismo, el intento de definirlo y decir que es esto o aquello, es parte de lo que el pensamiento postmoderno (sea lo que sea) desafía, tal que la frustrante intratabilidad del debate, que más adelante en este escrito describiré, es como una manifestación preformativa de su ’doctrina’.

Por otro lado, esto no quiere decir que todo vale y que puede significar lo que uno quiera, pues hay contextos sociales, culturales, y académicos que, aun cuando restringen su significado, no pueden determinarlo absolutamente. Como dice Derrida respecto a la noción de la ’deconstrucción’, cualquier afirmación de la forma "la deconstrucción es X" automáticamente pierde el punto.

En lugar de que el postmodernismo sea una cosa específica, o que sea todo a la vez, parecería más apropiado describirlo como una colección o familia mínimamente coherente de ideas y estrategias críticas que aproximan a lo que Wittgenstein se refirió en su noción de la semejanza familiar. Para mí, los miembros principales de esta familia postmoderna, miembros que se asemejan entre sí pero que no son idénticos, son Nietzsche, Heidegger, Foucault, y Derrida.

Lo que me interesa específicamente es el estatus teórico de sus análisis. Por ejemplo, cuando Nietzsche dice que no hay hechos, sino sólo interpretaciones, y que esto mismo es nada más una interpretación; o Foucault, cuando comenta que todo lo que ha escrito en sus obras no es lo que piensa sino lo que se pregunta si es posible pensarse.

El problema es si leemos a estos pensadores como criticando anteriores puntos de vista, como diciendo que su pensamiento se acerca más a la realidad, entonces parece que están refutándose a sí mismos, o por lo menos socavando la fuerza argumentativa de lo que dicen. Si es sólo una interpretación o perspectiva más, entonces ¿por qué debemos creerlos?

Esta es una interrogante importante, especialmente ahora que la filosofía en México, y en el mundo hispano en general, está desprendiéndose del creciente estancamiento del análisis lógico que ha prevalecido durante tanto tiempo. La clase de pensamiento representado por estos cuatro pensadores es una entre muchas que está empezando a interesar a los filósofos latinoamericanos, pero la cuestión de su estatus teórico parece ser una barrera más a su plena incorporación. Para tratar este asunto propongo examinar un pensador mucho más familiar para la mentalidad analítica, Ludwig Wittgenstein.

Wittgenstein se considera como uno de los padres del análisis lógico y su libro, el Tractatus Lógico-Philosophicus, como una de sus obras fundadoras. Lo que sorprenderá a muchos es que considero este libro como muy postmoderno en su estructura. De hecho, la relación entre las nociones del decir y el mostrar en Wittgenstein está íntimamente conectada con la reflexión postmoderna sobre la dinámica entre la lógica y la retórica o el contenido y el estilo, y es un precursor directo de lo que llamaré el aspecto performativo del discurso postmoderno. Pero primero quiero hablar un poco sobre el Tractatus.

Se divide en siete secciones, cada una compuesta de proposiciones tersas y a menudo herméticas que tratan desde los hechos y las proposiciones, hasta la lógica, la metafísica, la ética, y lo místico. Empecemos donde Wittgenstein termina, en la célebre aserción al final del libro donde dice, "De lo que no se puede hablar, mejor es callarse." Lo que Wittgenstein intenta hacer a lo largo del libro es esclarecer los límites de lo que se puede decir con sentido. Para él este límite se define por las proposiciones de la ciencia natural. Todo lo demás, por ejemplo los discursos religiosos, metafísicos, o filosóficos propiamente carecen de sentido porque, como veremos, no corresponden a ningún hecho dentro del mundo.

Lo importante para mi lectura de este libro como precursor del discurso postmoderno es que las proposiciones que componen el Tractatus carecen, en las propias palabras de Wittgenstein, de sentido. Ha escrito un libro imposible, uno lleno de proposiciones que aparentemente traicionan al mismo mensaje que quieren comunicar. Quiero defender dos cosas aquí: primero, que la imposibilidad del libro es del mismo orden del que muchos atribuyen a los escritos de Nietzsche o Derrida, y segundo, que el Tractatus, así como ciertas obras postmodernas, no son completamente contradictorias, sino más bien son obras profundamente reflexivas y sofisticadas que comunican un mensaje extraño pero valioso. Pasemos entonces al Tractatus.

Muchos lo han comparado con la Crítica de la razón pura de Kant. En Kant encontramos una distinción básica entre fenómeno y noúmeno. Lo fenoménico se refiere al mundo como aparece a la conciencia a través de los sentidos. Este es el mundo del cual podemos tener conocimiento. Lo nouménico se refiere al mundo como es en sí. Esto representa el límite de lo conocible. En Wittgenstein encontramos una distinción similar, aquella entre los hechos y los objetos.

El mundo, dice Wittgenstein, es la totalidad de los hechos, no de las cosas. Estos hechos se encuentran no en el espacio físico que nos es familiar sino el espacio lógico. Hay que recordar que Wittgenstein está escribiendo al comienzo del giro lingüístico en la filosofía. No se ocupa de la conciencia o la representación mental, como Kant, sino del lenguaje y las condiciones de la expresión proposicional. Luego dice que un hecho es la existencia de un estado de cosas, y que un estado de cosas es una combinación de objetos de cosas. Aquí entonces tenemos los dos lados de la distinción: hechos y objetos.

Ahora, Wittgenstein dijo que el mundo es la totalidad de los hechos, entonces los objetos que se combinan para formar estados de cosas no se encuentran en el mundo. Están más allá de él. El mundo como tal es sólo la totalidad de estados de cosas existentes, por ejemplo, que este perro es blanco, o que está lloviendo. Para Wittgenstein estos hechos son posibles sólo porque existen, más allá del mundo, objetos simples capaces de combinarse en estados de cosas que pueden darse o no en el mundo. Es decir, previo al hecho de que está lloviendo, o a cualquier otro hecho existente, es lo que pudo o no haber sido el caso.

Es importante recordar que las posibilidades de combinación de estos objetos no existen en el espacio físico sino en el espacio lógico. Puede ser de ayuda imaginar este espacio como los cuadros interconectados de un crucigrama. Es, como Wittgenstein lo caracterizaba, el andamio del mundo. Las palabras que llenan estos espacios son contingentes y accidentales. Lo que no es contingente, sin embargo, es el espacio en el que están arregladas. La estructura argumentativa es igual que la de Kant. Así como las formas a priori de la conciencia articulan y posibilitan el espacio conceptual dentro del cual las representaciones pueden ocurrir, así estos objetos articulan el espacio lógico dentro del cual los hechos pueden ocurrir.

En este punto del argumento Wittgenstein introduce uno de los temas principales del Tractatus - las proposiciones. Dice que nosotros nos hacemos figuras de los hechos, siendo estas figuras pensamientos que expresamos en las proposiciones. Las proposiciones, para Wittgenstein, son simplemente más hechos que existen en el mundo, y como los hechos, están relacionados a la esfera de los objetos simples capaces de combinarse en determinadas maneras.

Seguramente suena todo esto muy complicado pero en realidad es muy sencillo. Una proposición es algo que modela la realidad, así como los cochecitos de juguete arreglados en una corte pueden modelar un accidente que ocurrió en la carretera. El arreglo de los coches reales en la carretera es un hecho, y los cochecitos utilizados en el juicio en la corte para modelar el accidente es una figura o dibujo de lo que ocurrió. Lo que permite que el "dibujo" de los cochecitos modele el accidente real es que ambos comparten una forma similar, en este caso el arreglo espacial.

Regresando a las proposiciones, se pueden concebir como los cochecitos de juguete. Son capaces de modelar los hechos en el mundo porque comparten una forma común con lo que están modelando. En este caso, sin embargo, la forma común no es espacial sino lógica. Wittgenstein dice que la configuración de nombres en una proposición corresponde a la configuración de objetos en una situación. La semejanza en la forma lógica es lo que permite que las proposiciones sean significativas, que puedan significar.

Aquí llegamos a la parte interesante del análisis. Los objetos simples y sus posibilidades de combinación son la condición de posibilidad de los hechos y las proposiciones. Dado esto, los objetos no pueden ser el sujeto de ninguna proposición debido a que ellos son lo que permiten que digamos cualquier cosa. Es muy parecido al hecho de que los ojos son la condición de la vista, y debido a esto no pueden ser usados para verse a sí mismos. De hecho, la extraña naturaleza de este andamio lógico fue precisamente uno de los principales puntos de contención entre Wittgenstein y Bertrand Russell.

En la Principia Matemática Russell y Moore intentaron formalizar y explicitar el fundamento lógico del lenguaje y del mundo, pero fracasaron porque, como Wittgenstein intenta mostrar en el Tractatus, tal intento sólo puede llegar a jerarquías infinitas de un lenguaje que se usa para explicar el lenguaje. Uno de los puntos filosóficos más profundos que Wittgenstein hace aquí es que no se puede explicitar esta esfera en forma proposicional. La lógica, dice, tiene que cuidarse a sí misma.

Pero aunque no podemos aspirar a un sistema explícitamente formalizado de proposiciones lógicas, esto no nos deja ciegos respecto a la estructura de esta esfera. Su andamiaje, por decirlo así, se muestra a sí mismo en las proposiciones que se encuentran en la frontera del sentido. Para Wittgenstein tales proposiciones son tautologías y contradicciones.

Las proposiciones tautológicas son siempre verdaderas, por ejemplo, o está lloviendo o no está lloviendo. Y las proposiciones contradictorias son siempre falsas, está lloviendo y no está lloviendo. Tales ejemplos son los casos limites de las proposiciones porque no nos dicen nada acerca de la realidad. No son dibujos de la realidad. A este respecto no tienen sentido proposicional, pero no por eso son vacías. Y esto es el punto importante, pues aunque no dicen nada substancial sobre el mundo, son capaces de mostrar los contornos, por decirlo así, del fundamento lógico del mundo.

Al comienzo del movimiento analítico Wittgenstein caracterizó las proposiciones de la lógica como tautologías, y por ende como proposiciones que no dicen nada. Pero el Círculo de Viena no le hizo caso. Leyeron las proposiciones del Tractatus en precisamente los términos russellianos que Wittgenstein había calificado como imposibles y crearon un movimiento que ahora parece haber llegado a su fin. Si hubieran prestado una atención seria a las últimas afirmaciones de este libro, quizás algo más parecido al pensamiento postmoderno de Heidegger y Derrida se hubiera desarrollado. ¿Cuales son estas últimas afirmaciones?

Hay cosas, ciertamente, que son inexpresables. Estas cosas se manifiestan a sí mismas. Son lo que es lo místico.

Por un lado Wittgenstein dice que las palabras no pueden expresar con sentido las ideas de tales cosas como la lógica y la ética. De hecho dice que, "El verdadero método de la filosofía sería propiamente éste: no decir nada sino aquello que se puede decir; es decir, las proposiciones de la ciencia natural - algo, pues, que no tiene nada que ver con la filosofía".

Así como Kant no quería que abusáramos de la razón por miedo de ser dogmáticos, Wittgenstein buscaba una manera de evitar el abuso que hacemos de las palabras en el lenguaje. Pero esto no quiere decir que no se pueden usar las palabras para comunicar algo sobre aquello que se encuentra más allá de la esfera de la expresión proposicional. Las mismas palabras, leídas con ojos distintos, manifiestan esta esfera que Wittgenstein llama mística.

Por un lado tenemos un libro que está completamente compuesto de proposiciones lógicas, proposiciones que no hacen referencia a ningún hecho determinado en el mundo, y que carecen por ende de sentido. De alguna manera sí es una obra imposible. Pero esta imposibilidad se da sólo en el registro del análisis literal tradicional. Como dice en la penúltima afirmación del Tractatus: "Mis proposiciones son esclarecedoras de este modo; que quien me comprende acaba por reconocer que carecen de sentido, siempre que el que comprenda haya salido a través de ellas fuera de ellas. (Debe, pues, por así decirlo, tirar la escalera después de haber subido).

Lo que estamos presenciando en esta célebre metáfora de la escalera es lo que muchos hoy en día llamarían la deconstrucción, es decir, el reconocimiento y el desmantelamiento conciente de una estructura conceptual inherentemente inestable. El libro presenta una descripción de la manera en que el lenguaje está conectado con el mundo, tan cuidadosamente construida tal que venimos a ver que no puede haber tal descripción de la manera en que el lenguaje está conectado al mundo. No entendemos esta imposibilidad en forma proposicional sino más bien la vemos realizada ante nuestros ojos. Pero si no estamos alerta a la manera irónica en que el discurso de Wittgenstein se sublima a sí mismo, perderemos lo que me parece ser su mensaje más valioso.

Lo que para mi hace postmoderno esta obra es que abraza y utiliza activamente la inestabilidad inherente en el lenguaje que utiliza. Por un lado dice que el único método correcto en la filosofía sería no decir nada salvo lo que puede decirse (las proposiciones de la ciencia natural). Pero por otro lado vemos que ignora su propio consejo metodológico. ¿Es ésta una contradicción auto-refutatoria que invalida la obra en su totalidad, o es una maniobra retórica que actúa, en términos derrideanos, como una especie de veneno metafísico, un gesto irónico que trastorna la certeza ingenua e ilusoria de que la reflexión filosófica está anclada en algún suelo epistemológico?

La repetición estructural de este juego retórico es algo que se ve en Nietzsche, Heidegger, Foucault, y Derrida. En la Genealogía de la Moral, por ejemplo, podemos ver muy claramente cómo Nietzsche utiliza el lenguaje para subvertir lo que Derrida llamaría las intenciones de una lectura logocéntrica. En esta obra Nietzsche describe la moralidad de los amos y los esclavos. El amo actúa con una energía espontánea y positiva, afirmándose a sí mismo y al mundo en una acción pura y directa. La acción o moralidad del esclavo, por otro lado, es la reacción. No es positiva sino negativa, en el sentido de que lo que inicia su acto creativo es un estímulo externo, un decir ’no’ a un afuera. El amo no mide su felicidad al comparase con un enemigo, como hace el esclavo. Nietzsche dice que el esclavo actúa por rencor, que es subterráneo y pasivo. La moralidad de los esclavos honra el ser listo, pero para Nietzsche esto no es tan importante como el funcionamiento perfecto de los instintos inconscientes que mandan.

Y luego Nietzsche dice que somos herederos de esta moralidad, que de hecho somos esclavos rencorosos. Ahora, si en este punto alguien dijera que Nietzsche está equivocado, que está cometiendo la falacia genética, a saber, que no hay una relación causal necesaria entre estos esclavos y nosotros, y si siguiera protestando y criticando, señalando los errores históricos y los argumentos débiles, estaría realizando, seguramente sin querer, la misma clase de lectura que llamo performativa.

Es decir, al vehementemente criticar y oponerse a Nietzsche, el lector esta performativamente realizando la misma enfermedad que Nietzsche diagnostica en su libro. Con sus mismos actos muestra o hace manifiesto el hecho de que es un esclavo, en el sentido Nietzscheano del término. En este sentido el libro es también una especie de veneno metafísico. Su modo de comunicación no es lógico, pues esto perpetuaría ingenuamente aquello que Nietzsche esta criticando y además fallaría en comunicar lo que Nietzsche quiere decir. Por eso su estrategia es retórica.

Derrida ha dicho que no podemos dejar la metafísica atrás, que no podemos simplemente inventar un nuevo lenguaje no-metafísico. Pero eso no quiere decir que como filósofos tenemos que usarlo ingenuamente. El pensamiento de estos filósofos sí tiene su ’lógica’. Hay un método en la locura. Es sólo una cuestión de expandir el ámbito de nuestras prácticas interpretativas.

En mi exposición de Wittgenstein, utilicé la metáfora de los ojos que intentan verse a sí mismos para ilustrar la extraña naturaleza del Tractatus. En lo referente al discurso postmoderno, el correlato de los ojos en la modernidad es la razón, que se considera el suelo epistemológico absoluto. Nada escapa de su mirada determinante y totalizadora, excepto, dicen los postmodernos, la razón misma.

La imposibilidad de fundamentar nuestro fundamento con el fundamento mismo (o en términos Wittgensteinianos, la imposibilidad de fundamentar la lógica con la lógica misma) es lo que los postmodernos, en general y a mi modo de ver, están tratando. Lo vemos en la afirmación de Nietzsche de que Dios ha muerto, en las reflexiones de Heidegger sobre el Ser, en Las Palabras y las cosas de Foucault cuando habla de los dobles de la figura epistemológica del hombre moderno, y en Derrida en la misma deconstrucción que realiza en sus lecturas.

Lo que no veremos repetidamente, de manera ingenua, en estos autores es el uso de un lenguaje lógico y literal utilizado para decir cómo son las cosas realmente. Eso, como he mencionado, perpetuar la misma cosa que están criticando. Más bien vemos una fuerte atención prestada a la dimensión retórica del lenguaje. Siguen hablando con las mismas palabras de Platón, Kant, y Husserl, pero con un estilo retórico que las lleva a sus límites para que veamos performativamente su fracaso.
Los textos de estos autores postmodernos muestran la extraña situación en que nuestro pensamiento se encuentra, la manera en que se traiciona a sí mismo, pero de ahí no nos señala la tierra prometida, pues eso sería otro espejismo. Más bien esa tierra es la misma tierra movediza que provoca la reflexión en primer lugar. Lo que intentan mostrar es el inevitable fracaso involucrado en el intento de fundamentar esa tierra, lo cual provoca la necesidad de una constante vigilancia y cuestionamiento de todos los conceptos, razones, prácticas y costumbres, cuya frágil y contingente configuración determina nuestro presente, y, como dice Foucault, un experimento al ir más allá de ellos.

Bibliografía:

Mounce, H.O. 1983. INTRODUCCIÓN AL TRACTATUS DE WITTGENSTEIN
Editorial Tecnos. Cuadernos de Filosofia y Ensayo. Madrid..
Wittgenstein, Ludwig. 1973. TRACTATUS LÓGICO-PHILOSOPHICUS
Alianza Universidad. Introducción de Bertrand Russell, versión española de Enrique Tierno Galván. Madrid.